Cuatro grandes consejos de la mitología griega para tu empresa

icarus
Landon’s Daedalus and Icarus, (1799) óleo sobre lienzo. (Musée des Beaux-Arts et de la Dentelle, Alençon).

 

La mitología griega es un mundo apasionante, ¿no crees? Cuando me enseñaron en secundaria algunas pinceladas de cultura clásica, lo pasé genial: toda esa miríada de dioses con sentimientos y pasiones muy humanas, héroes inmortales que hacen hazañas épicas y monstruos temibles que amenazan la existencia del universo. Pero lo más importante de los mitos griegos, a mi entender, es que son el espejo más hermoso y sincero de la naturaleza humana: de aquello que hemos sido, que somos y que podemos llegar a ser. Nos muestran lo mejor y lo peor de nuestra especie, sin edulcorante alguno.

Por eso, la cultura griega (en ocasiones idealizada) ha sido la escuela cultural de las naciones durante siglos. Y hoy en día, los mitos helénicos no han muerto en los libros polvorientos, sino que gozan de buena salud. Los mitos son mentiras que esconden verdades universales. Nos pueden enseñar lecciones interesantes y duras sobre nuestra empresa y la vida misma. Veamos cuatro grandes consejos de la mitología griega muy útiles para cualquier emprendedor.

El vuelo de Ícaro:

No había un cerebro tan formidable como el de Dédalo, el constructor del laberinto de Creta. No me gustaría caer en el anacronismo, pero podríamos considerarlo el emprendedor por excelencia de la mitología griega (sin olvidarnos de Prometeo, el titán que desafió a los dioses olímpicos para regalar el fuego divino a los humanos, ni de Hefesto, el dios herrero). Dédalo era tan bueno en lo suyo que llegó a inventar la sierra con solo doce años, tras tomar como referencia una espina de pescado que vio en la playa. Y no se limitó a la sierra: también creó el compás, la rueda de alfarero y, cómo no, edificó maravillas como el famoso laberinto de Creta por orden del legendario rey Minos, hijo de Europa y Zeus.

Pero la voluntad de los gobernantes es caprichosa y después de prestar numerosos servicios a su majestad, Dédalo perdió el favor real y cayó en desgracia.  Esto había pasado porque Teseo, el mítico rey de Atenas,  había asesinado al Minotauro y escapado del intrincado edificio, gracias al hilo de Ariadna.  Por tanto, Minos consideró a Dédalo como responsable de la fuga de Teseo y lo encerró junto a su hijo, Ícaro, dentro del laberinto, asegurándose de que cualquier escapatoria era imposible.

Y lo era. Dédalo e Ícaro no podían huir por tierra ni por mar: Creta era una isla y Minos vigilaba bien todos los caminos y las costas. Era un momento de desesperanza total. ¿Qué podían hacer? Pues lo imposible: usaron su ingenio para construirse unas alas, uniendo plumas con cera y cordel. Y echaron a volar. Volaron y volaron, adentrándose cada vez más en las nubes. Como nos cuenta Apolodoro, Dédalo recomendó a su hijo que no volara tan alto, porque la cera de las alas se derretiría mientras más cerca estuviese del sol. Pero Ícaro era un joven entusiasmado con esta nueva aventura y desoyó los consejos de su padre. Y así fue como la cera comenzó a derretirse e Ícaro acabó cayendo al mar, llamado luego mar de Icaria por su nombre.

La moraleja de esta historia es simple: conoce tus limitaciones rápido o te estrellarás sin piedad. Cuando uno comienza a emprender quiere comerse el mundo. Sin embargo, el fracaso es lo más común. No todos somos Steve Jobs y la mayoría de las ocasiones el éxito se hace esperar… y hay que ganárselo con esfuerzo (y suerte). No hay nada fácil y como dijo un gran pensador hace tiempo, todo lo valioso es tan difícil como raro.

Cronos y Urano:

La Teogonía de Hesíodo es uno de los textos más poderosos de todos los tiempos. Adoro las obras literarias cuyo comienzo coincide con el origen de un cosmos: el Enuma Elish, el Popol Vuh o el Génesis, del Antiguo Testamento, son buenos ejemplos. En la Teogonía presenciamos el parto del Todo: primero era el Caos, nos dice Hesíodo, y luego fue Gea, la Tierra. Gea y Urano, el cielo y señor del universo, engendraron a un vasto número de criaturas, titanes y dioses. Uno de los titanes más poderosos era Cronos, que soñaba con arrebatarle el trono a su padre.

Y un día su sueño se hizo realidad. Urano estaba harto de sus hijos, que le odiaban y ambicionaban su poder, así que impedía que Gea engendrara más vástagos. La pobre Tierra estaba a punto de reventar en mil pedazos, ya que no podía dar a luz y los hijos por nacer bullían en su amplio seno. Por tanto, Gea ideó una arriesgada argucia con sus hijos y Cronos fue el único que dio un paso adelante y se decidió a llevarla a cabo. La madre le dio una hoz a Cronos y perpetraron la trampa. Esperaron a que Urano viniera y se extendiera en torno a Gea, lleno de deseo, mientras Cronos estaba escondido empuñando el arma terrible. Entonces, cuando Urano estaba distraído, Cronos castró a su padre y se convirtió en el señor del mundo, junto a su esposa Rea. Fue entonces cuando comenzó la Edad de Oro, la era mítica, cantada por los poetas, en la que los dioses gobernaban a los humanos y no existía la injusticia.

Lo que nos ilustra este trágico y cruel mito es que, en ocasiones, hay que arriesgarse para florecer. Hay que quemar las naves y avanzar sin mirar atrás. El acto terrible de Cronos es una analogía de los sacrificios que todo emprendedor debe hacer al abandonar su zona de confort: renunciar a la comodidad de la estabilidad para abrazar el amor a la incertidumbre que conlleva manejar una empresa.

Polifemo y  «Nadie»:

Si la Teogonía es el comienzo de los comienzos, la Odisea, de Homero,  es el arquetipo mitológico del viaje y el retorno al hogar. Su protagonista es Odiseo, el célebre rey de Ítaca y astuto guerrero que participó en la guerra de Troya, la madre de todas las batallas de la mitología (con permiso de la Titanomaquia). Después de obtener la victoria frente a los troyanos, gracias a la estratagema del caballo, sugerida por el mismo Odiseo, cuya inteligencia no tenía rival entre los mortales, era momento de paz, del regreso a la rutinaria y amable vida en el hogar. Pero un retorno nunca fue tan escabroso ni tan largo como el del rey de Ítaca y sus hombres. Un regreso que saca a la luz el valor del compañerismo en las situaciones más difíciles y el poder de la esperanza, hasta en los días más oscuros. Si has leído la Odisea o has visto alguna de las películas basadas en su historia, quizá te has sentido más identificado con Odiseo, un héroe humano que siente una nostalgia infinita por su patria y por su gente, que con el sanguinario y orgulloso Aquiles, de la Ilíada.

Odiseo vive lo increíble. Viaja a la isla de los lotófagos, donde sus habitantes comen loto y olvidan todo; son como zombis. Se encuentra con las Sirenas, temibles criaturas mitad pájaro y mitad mujer que hacen enloquecer a los marineros con su canto y los conducen a los acantilados para una muerte segura. Se topa con los gigantes antropófagos denominados lestrigones, que hacen estragos en su tripulación. Incluso conoce a Circe, la hechicera que convirtió a sus compañeros en cerdos.

Sin embargo, uno de los episodios más curiosos fue el encuentro con los cíclopes, los salvajes gigantes con un solo ojo en la frente que no conocían ningún tipo de hospitalidad. Odiseo y sus compañeros se toparon con Polifemo, un cíclope que era hijo de Poseidón, el dios olímpico de los mares. Y no fue un encuentro agradable: Polifemo devoraba a los hombres de Odiseo sin compasión. Los cogía y se los echaba a la boca, sin más. Entonces, el cíclope decidió encerrar a los protagonistas en su cueva poniendo una enorme roca en la entrada. No había manera de salir de ahí; parecía que estaban acabados. No obstante, Odiseo era el héroe de las mil artimañas y pensó en un plan. Primero, emborracharon a Polifemo con vino como una presunta muestra de agradecimiento y confianza. Fue en esa ocasión cuando el monstruo preguntó a Odiseo cómo se llamaba y él dijo que su nombre era «Nadie». Por descontado, Nadie es un buen nombre para pasar desapercibido y para confundir a una criatura con pocas luces.

Después de constatar que Polifemo estaba borracho como una cuba y roncaba muy fuerte, Odiseo y sus hombres cegaron al cíclope con un palo afilado y el gigante, lleno de cólera, salió de su caverna para pedir ayuda a otros de su estirpe. Cuando llegaron los demás, Polifemo les gritó que «Nadie le había herido». Naturalmente, los cíclopes lo dieron por loco y se marcharon.

A la mañana siguiente, Odiseo y sus compañeros consiguieron escapar amarrados al vientre de las ovejas del rebaño del cíclope. Las ovejas salieron en tropel y Polifemo, palpándolas, no notó que los héroes se daban a la fuga. Así pues, cuando ya estaban zarpando Odiseo y los suyos, el rey de Ítaca le dejó bien claro con socarronería, al hijo de Poseidón, que él no era «Nadie», sino Odiseo.

Lo que podemos aprender de esta historia es que hay que ser más astuto y flexible que tus adversarios. Sé que esto parece una perogrullada pero a veces lo olvidamos. El emprendedor debe amar la estrategia, tener siempre presentes las enseñanzas de Sun Tzu y anticiparse a su competencia. Odiseo sabía que Polifemo haría el bufón al creer que su verdadero nombre era «Nadie», y vio venir de forma instintiva que esa era la clave para la supervivencia de sus amigos. En el ámbito de la empresa, ser «Nadie» equivale a ser escurridizo y adaptable como una sombra, imprevisible y camaleónico. Y en el mundo de la redacción freelance, mi sector, conviene tener cierto espíritu zen: desprenderse del ego para trabajar mejor.

Sísifo y su roca:

Y para acabar, uno breve. ¿Quién era Sísifo? Sísifo era el hijo de Eolo y Enareta y un hombre increíblemente listo. O, más que listo, listillo, en el sentido de pícaro. Con sus triquiñuelas y su avaricia, consiguió una gran fortuna, ya que era ambicioso por encima de todas las cosas y no tenía límites morales. Y valoraba tanto su vida que cuando la muerte (Tánatos) fue a su encuentro, pues ya era la hora, Sísifo la encadenó y nadie pudo morir durante un tiempo. Sísifo, el hombre que derrotó a la mismísima muerte. Un sueño de toda la humanidad desde que el mundo es mundo, ¿no? Como ya nos lo demuestra la antigua historia de Gilgamesh.

Pero los dioses no son compasivos. Si los fastidias, te pueden destrozar en la vida… y también en la otra vida, en el Hades. Por tanto, castigaron a Sísifo con un destino terrible: fue condenado a empujar una roca hasta la cima de una colina por los siglos de los siglos, sin que jamás llegue a cumplir con su tarea, ya que la piedra rueda siempre hacia abajo, ¡y debe empezar otra vez! ¿Qué sentido tiene todo esto? El filósofo francés Albert Camus interpretó de una manera bastante interesante este mito en uno de sus ensayos. El mito de Sísifo es como la existencia humana, donde el esfuerzo de hacer las cosas, el amor por el trabajo es lo que cuenta, aunque todo pueda ser absurdo. El castigo de Sísifo es cruel pero incluso este hombre, que podría ser el hombre más infeliz de todos, puede sentirse realizado en lo que hace. Todavía tiene su roca y su labor: empujarla. Y así somos nosotros. Los psicólogos experimentales han descubierto que nos gustan los retos y las dificultades, escalar montañas porque estaban ahí o emprender porque había una idea y teníamos que llevarla a cabo. Forma parte de nuestra naturaleza como exploradores natos. Así son las cosas.

«Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso».

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